viernes, 16 de octubre de 2015

Stefan Zweig

(...) "El heroísmo de Hölderlin es más magnífico porque es heroísmo sin orgullo y sin fe en el triunfo. El poeta siente su misión, obedece a la misteriosa voz y cree en su vocación, pero no tiene fe en el triunfo. Él, tan sensible, nunca tiene la conciencia de ser invulnerable a los dardos del Destino, como Sigfrido; nunca jamás se imagina victorioso o triunfante. Y es precisamente esa idea de fracaso que siempre le acompaña en la vida lo que da a su lucha esa fuerza grandiosamente heroica.
No hay que confundir, pues, esa fe inquebrantable que Hölderlin siente en la poesía, y en la cual ve el único fin de su existencia, con la fe en sí mismo como poeta; cuanta más fe ponía en la poesía, tanto más humilde se consideraba como poeta.
Nada estaba más lejos de él que aquella fe casi enfermiza que Nietzsche puso en sí mismo (...). Cualquier palabra al vuelo le descorazona y le hace dudar de sus dotes. (...) 'Oh, querido -escribe a uno de sus amigos-, ¿cuándo se conocerá que la fuerza más alta es siempre la más modesta, y que cuando lo divino se manifiesta por boca de un hombre se realiza siempre con humildad y hasta con tristeza?' Su heroísmo no es un heroísmo guerrero, de fuerza, sino el heroísmo del mártir, es decir, una alegre disposición a sufrir por lo invisible y sucumbir por su fe y por su ideal.

'Sea hecha tu voluntad, ¡oh destino!' Con estas palabras se inclina hacia la fatalidad que él mismo se ha atraído. Yo no conozco una forma más elevada de heroísmo que ésta: un heroísmo limpio de sangre o de deseo de dominio; el más noble heroísmo es el fatal, todopoderoso y sagrado".


Stefan ZweigLa lucha contra el demonio.

domingo, 4 de octubre de 2015

Si te pienso

Si te pienso no puedo
evocarte como eres.

Es sólo cuando hundo
mi atención en el mundo
-mi olvido en ti-:
en la inquieta serenidad
de la ondulante meseta del océano,
en el viento que, vestido
con los verdes jirones
que a las palmeras mendiga,
recubre su invisible desnudez,
trayéndome dulcísimos
presentes de sus viajes:
aromas:
frutos maduros del que se desprende
la semilla milagrosa del recuerdo;

es sólo cuando, de súbito,
sin yo pedirlo -por no pedirlo-,
emerges del géiser del olvido,
es sólo entonces
que puedo verte como eres,
entera,
claramente.

Al modo de la muerte,
es cuando no te espera que visitas,
vestida de sorpresa,
a este inhábil, indomable,
ajeno pensamiento.

martes, 8 de septiembre de 2015

Friedrich Nietzsche

149.  LA FLECHA LENTA DE LA BELLEZA

La belleza más noble no es la que nos deslumbra instantáneamente, la que nos seduce por asaltos tempestuosos y embriagadores (que fácilmente provoca el disgusto), sino aquella que se insinúa lentamente, la que uno lleva dentro de sí en el pensamiento, y que un día, soñando, se vuelve a ver delante, y que por fin, después de haberse modestamente circunscrito en nuestro corazón, toma posesión completa de nosotros, llena nuestros ojos de lágrimas, nuestro corazón de deseo. (...)


Friedrich Nietzsche, Humano, demasiado humano, nº149 del Tomo I.

lunes, 31 de agosto de 2015

Gutierre de Cetina

Para ver si sus ojos eran cuales
la fama entre pastores extendía,
en una fuente los miraba un día
Dórida, y dice así, viéndolos tales:

"Ojos, cuya beldad entre mortales
hace inmortal la hermosura mía,
¿cuáles bienes el mundo perdería
que a los males que dais fuesen iguales?

Tenía, antes de os ver, por atrevidos,
por locos temerarios los pastores
que se osaban llamar vuestros vencidos,

mas hora viendo en vos tantos primores,
por más locos los tengo y más perdidos
los que os vieron si no mueren de amores".


Gutierre de Cetina (1520-1557)
Soneto IV

Al poema

Te sacaron, goteando,
de las turbias aguas del tiempo,
y dejarte quisieron,
.sobre las húmedas tierras del azar-
secar bajo los sórdidos
rayos del sol candoroso
de la torpe eternidad,

con la ávida esperanza
de que los nubarrones del olvido
no se posaran, por infausto
azar, frente a la ciega
y cegadora
tez del astro fugitivo.

Oda ligera a la ligereza


Reír es ser maduro.

Llevar grave
y serio el semblante
o los ojos escupiendo
desprecio a otras miradas,
¿a esto llamáis madurez?

¿A esa mirada que es un triste faro
que busca solamente
atraer, con luz oscura,
extraviados navíos
a sus violentas aguas,
a sus rudos peñascos:
a su afilada sombra?

A ese crispado entrecejo
que hiere a mi mirada
con tan negras cuchillas,
¿llamáisle madurez?

A la pueril y divina
ligereza, a la facilidad
en el asombro, a la risa
solar que hace ver
más hondas las cosas
de claras que las muestra,
¿es esto acaso
inmaduro?

Al enfado expreso,
a la desconfianza y al recelo
llamáis madurez.
Los maduros, los demasiado cobardes
para sonreír, para brillar
de alegría, para confiar ciegamente en los otros
como confiamos en los brazos
del sueño cuando a ellos
nos abandonamos;
los demasiado cobardes, decía,
para ver en el otro a un semejante
y para a su vez no castigarlo
con el relato
del castigo que según ellos ha sido
su entera vida; estos son
los que deben, los que necesitan
crecer: madurar
de infancia.

Necesitan las frescas alturas
de la alegría, para poder ver el mundo
desde arriba y admirarlo
como es: y es que
desde las entrañas de la tierra
tan sólo se ve uno a sí mismo,
y la pena
y sus penas
son el mundo,
y el mundo
sólo es una
grande pena.

Mas si sintierais pena verdadera,
sonreiríais. Yo sonrío siempre
que puedo porque laten
pesares en mi fondo, y sé
que sólo mi olvido de ellos
es su cura.
La medicina, el remedio
verdadero es la anestesia.

La eterna y rica cura de la pena
es el pobre y transitorio
olvido de la misma
por parte del que sufre,
por parte del que olvida,
por parte del que olvida
que olvida sus heridas.

¡Por eso reír quiero cuanto pueda!
Mas no puedo, como loco, reír solo:
¡acompañadme!

Yo quiero que mi risa,
maduro y tierno fruto,
sea la semilla
de otra risa y otra risa.
La risa es el mayor descubrimiento
-no puede ser
un invento este milagro-
con que hombre y mujer jamás han dado.

Recuerda siempre:
reír es ser maduro.

sábado, 29 de agosto de 2015

Esbozos sobre mi visión del misántropo

I  (Breve nota sobre Hölderlin a modo de introducción)


Como al de quien escribe estas líneas, al corazón de Hölderlin lo sacude un fuerte choque entre dos elementos que, aunque la tradición lo afirme de forma irreflexiva, no son excluyentes entre sí: por un lado, le atosiga un incurable afán de solitaria intimidad, de aislamiento, de recogimiento, y, por el otro, siente una inclinación igualmente abrupta, un hiriente amor de igual modo insobornable hacia su odiosa estirpe. Ama su soledad tan profundamente como al hombre del que quiere alejarse cuando necesita aislarse. Este es el rasgo esencial de un alma noble y pura: su amor sin medida hacia estas dos interdependientes entidades -o, mejor, las dos caras de una misma y única entidad- que son, como decía, erróneamente vistas como extremos el uno del otro: la soledad y la sociedad.

Mi experiencia -escasa, es cierto- y la figura de Hölderlin, entre otras cosas menores, me han mostrado que los que odian su soledad jamás podrán amar verdaderamente al hombre, sino tan sólo -como ya sucede- su compañía. De modo que sólo aman al hombre en calidad de obstáculo que entorpece su soledad, o lo que es lo mismo, el diálogo, a menudo agotador, con uno mismo.
Es así que la mayoría, mientras que desprecia a sus semejantes, busca sin embargo con fervor su compañía. Y eso es peligroso. Pues se trata del mero magnetismo proveniente de un mal curado instinto, por no decir de un incurable mal tratado instinto. En cualquier caso, no se trata de amor: no se ama al hombre, sino, simplemente, no se soporta estar solo, cosas que no significan lo mismo, sino que llegan, como vemos, incluso a ser opuestos.

Porque el que sabe apreciar su soledad, lo propio sabe hacer con lo/los demás.

Pero, una vez más, el ser más sociable se ve forzado a imponerse a sí mismo el destierro de la soledad para no terminar malherido.



II

Sin caer en la desastrosa confusión entre el misántropo y el antisocial, es así como, no pocas veces, el verdadero misántropo es en realidad un filántropo desengañado. Quien en el pasado amó con demasiado entusiasmo, con demasiada esperanza a su estirpe, es el mismo que, frustrado su amor ciego y desmedido, se revuelve contra los que consideró sus hermanos por no haberlo como tal considerado.

Se es misántropo, pues, por haber amado demasiado al hombre, por haber esperado de ellos demasiado, no habiendo tenido en cuenta la verdadera naturaleza del hombre -al fin y al cabo, no es posible tener en cuenta lo que no se conoce-. La frustración constante de las expectativas, de la esperanza, es el elemento transformador. Pero hay por cierto muy pocos misántropos puros.






III

Yo aún no soy un misántropo. Y ni siquiera sé si seré capaz de serlo. Por el momento soy demasiado débil para ello. Necesito todavía demasiado a los hombres para ser capaz de renunciar a ellos y a su falsa estimaY no olvidemos que necesitar no es amar. Como he dicho, muchos hay que necesitan la compañía del hombre sin amar de él más que eso, no amándolos más que como un obstáculo o un alejamiento de su soledad, o lo que es igual, de sí mismos.

Pocos hay que mientras sienten el impulso de alejarse del prójimo para acercarse a sí mismos conserven intacto el amor que le profesan. Pues es, por cierto, en ese detalle donde reside la confusión, el malentendido que lo echa todo a perder: se tiende naturalmente a relacionar el anhelo de soledad con el de distanciamiento de los demás, cuando la verdadera ansia de aislamiento se corresponde en realidad con un acercamiento: no es un alejamiento del resto lo que se persigue, sino un acercamiento a uno mismo. Identificar el hambre de soledad con el empacho de compañía es un gran error, y quien cae en esa relación es quien no ha sentido la verdadera llamada de la reclusión.
Pierde todo su sentido, si es que en algún momento llegó a tenerlo, la conocida, presuntuosa y despreciativa frase de Lord Byron: "Sólo salgo para renovar la necesidad de estar solo".
En cualquier caso, al menos en el mío, yo diría que paso largo tiempo solo para despertar una honda hambre de compañía, un hambre -y no gula- de compañía realmente apetecida, no una compañía cualquiera para calmar una avidez animal. Comer con un hambre bien nutrida es mucho más placentero que comer por inercia o hábito o por glotonería.

Pocos son los que -aun en silencio- veneran su soledad del mismo modo que a sus semejantes, a los que pueden incluso llegar a despreciar en su presencia. Pocos, lamentable y verdaderamente pocos hay que sigan amando a su semejante al mismo tiempo que no soportan prolongar su compañía.

El que ama su soledad no es el antisocial. Es el más humano, el más noble y bondadoso de los seres. Y es este amor a la soledad, amor no desdeñoso, el estado previo a la misantropía de la que hablamos.

No busquemos en las soledades, en las zonas aisladas, al antisocial. Como digo, el alma antisocial no soporta el aislamiento, aborrece el contacto consigo mismo: es antisocial porque no se soporta, porque no puede convivir consigo mismo sin llegar a las manos. Por lo que a este espíritu de palpitante veneno deberemos buscarlo entre las muchedumbres, dándoles voz y forma. Los encontraremos siempre muy apretados entre sí, proporcionándose un calor helado, helado de afecto, de consideración, de empatía, de vero amor, fingiendo patéticamente la lumbre de su risa para poder así sobrevivir.

He dicho que no hay que confundir al misántropo con el antisocial. El primero, muy a su pesar, guarda todavía un diminuto destello tembloroso de enferma esperanza. Hay en su interior un amor irrenunciable del que querría desprenderse, un ansia irrefrenable de querer odiarlo todo que pone precisamente de manifiesto lo incapaz que es de odiar. El misántropo es, podríamos pensar, un niño caprichoso y malcriado que espera un comportamiento ejemplar de todo el mundo. Pero lo cierto es que, si es tan exigente con cada uno es porque, antes de nada, lo es tanto o generalmente más consigo mismo.

Intratable, quizá, mas de noble corazón. El único remedio que se le ocurre es ese odio que quiere y no puede alcanzar. El amante desengañado tiende a idealizar el odio. Piensa en el odio como en una anestesia, como un silenciador de todos sus tormentos. Cree que odiándolo todo podrá vivir en paz, y cree desear producir odio en los demás porque en el odio ve el desarraigo, y en el desarraigo ve la libertad. "Si consiguiera despertar en el resto rechazo e incluso asco por mi persona -piensa inocentemente-, habría alcanzado la libertad". Librarse de todos los lazos significa vivir libre, sin preocupaciones que no son sino frenos, y el odio es el único ancla que logra fijarse en las profundidades de los serenos mares de la libertad.

Así, ha experimentado -cree- el arrebato del odio, y se ha sorprendido al descubrir que, mientras el odio lo invade a uno, no permite que nada más entre en el cuerpo tomado. El odio es avaro. Es, junto al amor, el único capaz de oprimir entre sus brazos el infinito de que está hecho el alma. Disipa toda amargura producida por el desamor, toda preocupación por la opinión que tendrán los demás sobre uno... Por eso puede pensarse -él lo piensa- que vivir en el odio es en verdad muy cómodo. ¡Si es que en el odio no hay preocupaciones!

Lamento decir, sin embargo, que no es odio lo que siente -un alma hecha para el amor no puede caer tan bajo-, sino tan sólo un desprecio profundo hacia el objeto de su irrenunciable amor: la humanidad entera. ¡Y la desprecia precisamente porque la ama! Le decepciona profundamente su actitud, e, importándole de igual modo que a una madre su hijo o a un amante su queridísima amada, le hiere descubrir en ella comportamientos execrables, gestos maliciosos o desconsiderados con los demás. Cuanto más se ama, más llega a despreciarse al objeto del amor al ver en él algo que no gusta.
Un alma hecha para el amor es exigente, para ella el amor es algo sagrado, y es por ello y por la rareza de su condición, que este tipo de alma está condenada a la amargura. Y cuando hablo de 'rareza', lo hago en el sentido de 'poco común', pues de extraño no tiene nada; las almas extrañas, degeneradas, arrebatadas por la locura, son las de los demás.
El desdichado misántropo está en su derecho de despreciar -jamás de odiar; él nunca odia, no sabe, de eso se ocupa esta- a su estirpe.

Nos vemos llevados a pensar, pues, que si un alma nacida para el amor está irremediablemente condenada a la amargura, es porque la mayoría que le rodea no comparte su visión del mundo ni tiene las mismas intenciones, llegando a la extraña conclusión de que el ser humano no está hecho por lo común para amar.




IV

Así pues, no es extraño que quien sienta con más fuerza el impulso de aislarse sea a la vez quien guarde un amor más hondo y franco, doloroso también por verse forzado a alejarse del objeto de su amor, forzado a despreciarlo.

Me llena de una tristeza desmesurada decir esto, pero no sé si amo tanto a los hombres como para poder alejarme de ellos.

"Me alejo porque amo". En cuatro palabras cabe el resumen de las almas nobles del misántropo y del poeta.


Me alejo porque amo.

Mas no, no soy tan fuerte. Yo no soy un poeta.

Y no sé si quiero.