domingo, 16 de agosto de 2015

Esbozos sobre mi visión del poeta

¡Un mundo lleno de poetas! Esa es mi meta inalcanzable.

Un poeta... ¿Qué es un poeta? Puede creerse que un poeta no es más que un trémulo erudito que se dedica a la inofensiva y a menudo irrisoria tarea de escribir versos. Pero no, eso no es un poeta.

Porque el poeta no necesariamente ha de ser poeta, puede también ser, simplemente, poema; y es por ello que hay poetas que no han escrito en su vida un solo verso. Del mismo modo que hay muchos constructores de versos que jamás han sido poetas y que tanto más se alejan de serlo cuanto más publican.

De manera que ser poeta no es un oficio, sino una actitud, una orientación, una postura, tan incómoda como irrenunciable, ante la vida, una particular visión del mundo. Al tiempo que no podemos definir qué es un poeta, lo identificaríamos al primer contacto que con él mantuviéramos. No puede definirse, pero es imposible no reconocerlo en el caso de que apareciese.

Un poeta es el que sabe ver las cosas que vemos (“no es suficiente no ser ciego / para ver los árboles y las flores”, escribió Pessoa; y Salinas: "Quisiera más que nada, más que sueño, ver lo que veo").
Un poeta es quien ve el detalle del detalle; el que crea incluso formas de crear. Es el que aporta nuevas formas de ver el mundo. Nos muestra lo que siempre ha estado ahí y que, de tan claro, no hemos sido capaces de ver. Nos recuerda lo fundamental.
La costumbre torna invisibles las cosas, y el poeta se encarga de no dejar ni un instante de mirar al mundo con mirada siempre entusiasta, renovada, fresca, o, en una palabra, infantil, o, mejor todavía, animal, despojando del hábito a sus ojos y a su imaginación, mirándolo así todo como si lo contemplara por primera vez. Es por ello el poeta un niño. Por ello y porque busca cualquier pretexto para reír. No hay risa más franca, más limpia.

El poeta ama la vida en la misma medida en que la sufre: extremadamente. El poeta está hecho de extremos. A costa de permitírsele volar a unas alturas para los demás inalcanzables, la angustia de la caída es más larga y el impacto mucho más terrible. Sus goces son más intensos y más afilados sus sufrimientos. Y, aunque es cierto que siente el dolor como nadie, a la vez no lo teme ni lo evita: no busca acallar la pasión, busca tentarla. Busca encenderla, aunque eso signifique calcinarse con ella. Prefiere consumirse que vivir tiritando. Entiende que el dolor es tan o más necesario que el placer, que la supresión del primero supondría por ello la del segundo, que el gozo es la otra cara del dolor. Es capaz de reír abierta y honestamente aun en medio de la amargura más opresiva y anhelante ("y me asombraba de cuán feliz me encontraba también en medio del dolor", llegó a escribir el inmenso Hölderlin).
Pero ello no significa que sea más desgraciado que nadie. Sufre mucho, y si lo dice, lo dice con claridad, sin presunción y sin ánimo de levantar compasión. Sufre, sí. Pero no porque le ocurran muchas desgracias, sino simplemente porque es, como se ha dicho, peligrosamente sensible. No es un desgraciado, su vida puede ser feliz, cómoda, recibir amor de los suyos y, aun siendo consciente de todo ello, sufrir a pesar de todo. Sufre porque su condición es la que es, su temperamento es el que es. Sufre, sufre mucho, pero no se considera un desgraciado ni un infeliz. Sólo sufre. Y que sufra mucho no significa que no sepa sonreír ni reírse. Es precisamente eso lo que mejor sabe hacer el que sufre: reír, divertirse. Se pasaría el día riendo y bromeando. No hay nada que le complazca más que eso. Que sea capaz de desear callada y sosegadamente la muerte mientras ríe, ¿le vuelve un loco? Por supuesto que no.


El poeta es, ante todo, un amante. Un amante de la vida y de todo cuanto existe; un amante del amor. El poeta ama amar y que se ame. El poeta es aquel que -como ya se ha expresado más de una vez- hace de su propia vida un poema. "He's a poet, sure a lover too...", escribió tiernamente Keats.
Al ser una naturaleza bendecida con la maldición de la sensibilidad, resulta demasiado débil para el amor. Su sensibilidad no es capaz de soportar sus sacudidas. Pero aun así se arroja, movido más por irreflexiva temeridad que por magnánimo valor, a sus ardientes aguas si se le presenta la ocasión.
Es demasiado débil, decía, para el amor, pues cada vez que ama parece que vaya a perder la vida en el intento. Ama demasiado y, a menudo, demasiado pronto. No sabe cómo amar, y al mismo tiempo no sabe hacer otra cosa.

Es demasiado débil para rechazar el amor cuando este deja entrever su tímido palpitar, demasiado débil para renunciar a él, demasiado débil para resistirse a agarrarlo y apretarlo con fuerza contra su pecho..., mas demasiado débil también para sufrir las consecuencias de su elección, para sostener esa carga emocional demasiado pesada para las frágiles manos de su corazón...
Siempre que elige amar, elige morir. Y es que su sensibilidad no sirve para amar. O tal vez no sirva más que para eso...

Ha visto que en los suspiros del amor se sufren los temblores de la muerte: de la vida.


Por otro lado, que un poeta escriba es algo que se sobreviene. En un poeta, la creación es algo accidental, no constitutivo. Es una consecuencia posible del carácter poético, más que un distintivo -y serán justamente los versos nacidos de esta naturaleza los más genuinos, sinceros y potentes que puedan ser escritos-.

Porque un poeta no es más que eso: un carácter, un carácter magnánimo y prodigioso, cuya nobleza de espíritu es tan profunda como poco usual, por lo que sus virtudes, más que beneficios, le traerán casi siempre tormentos.

Tuve un amigo que fue poeta sin jamás haber manchado sus manos de tinta, uno de los más sublimes poetas que haya habido sobre la tierra aun si le hubiesen sustraído ambas manos y le hubiera sido arrebatado el habla. Yo en vano intento ponerme a su altura escribiendo, pero veo cada vez más claro que cuanto más escribo más me alejo de él...


Boccaccio, en el proemio de su Decamerón, escribe lo siguiente: "Porque desde mi primera juventud hasta este tiempo habiendo estado sobremanera inflamado por altísimo y noble amor (....), no menos me fue grandísima fatiga sufrirlo: ciertamente no por crueldad de la mujer amada sino por el excesivo fuego concebido en la mente por el poco dominado apetito, el cual porque con ningún razonable límite me dejaba estar contento, me hacía muchas veces sentir más dolor del que había necesidad". Este es el temperamento propio de un poeta explicado por un probable poeta.


¡Un mundo lleno de poetas! Esa es mi meta inalcanzable...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Expláyate cuanto quieras... Como si quieres ponerme verde, adelante.