sábado, 29 de agosto de 2015

Esbozos sobre mi visión del misántropo

I  (Breve nota sobre Hölderlin a modo de introducción)


Como al de quien escribe estas líneas, al corazón de Hölderlin lo sacude un fuerte choque entre dos elementos que, aunque la tradición lo afirme de forma irreflexiva, no son excluyentes entre sí: por un lado, le atosiga un incurable afán de solitaria intimidad, de aislamiento, de recogimiento, y, por el otro, siente una inclinación igualmente abrupta, un hiriente amor de igual modo insobornable hacia su odiosa estirpe. Ama su soledad tan profundamente como al hombre del que quiere alejarse cuando necesita aislarse. Este es el rasgo esencial de un alma noble y pura: su amor sin medida hacia estas dos interdependientes entidades -o, mejor, las dos caras de una misma y única entidad- que son, como decía, erróneamente vistas como extremos el uno del otro: la soledad y la sociedad.

Mi experiencia -escasa, es cierto- y la figura de Hölderlin, entre otras cosas menores, me han mostrado que los que odian su soledad jamás podrán amar verdaderamente al hombre, sino tan sólo -como ya sucede- su compañía. De modo que sólo aman al hombre en calidad de obstáculo que entorpece su soledad, o lo que es lo mismo, el diálogo, a menudo agotador, con uno mismo.
Es así que la mayoría, mientras que desprecia a sus semejantes, busca sin embargo con fervor su compañía. Y eso es peligroso. Pues se trata del mero magnetismo proveniente de un mal curado instinto, por no decir de un incurable mal tratado instinto. En cualquier caso, no se trata de amor: no se ama al hombre, sino, simplemente, no se soporta estar solo, cosas que no significan lo mismo, sino que llegan, como vemos, incluso a ser opuestos.

Porque el que sabe apreciar su soledad, lo propio sabe hacer con lo/los demás.

Pero, una vez más, el ser más sociable se ve forzado a imponerse a sí mismo el destierro de la soledad para no terminar malherido.



II

Sin caer en la desastrosa confusión entre el misántropo y el antisocial, es así como, no pocas veces, el verdadero misántropo es en realidad un filántropo desengañado. Quien en el pasado amó con demasiado entusiasmo, con demasiada esperanza a su estirpe, es el mismo que, frustrado su amor ciego y desmedido, se revuelve contra los que consideró sus hermanos por no haberlo como tal considerado.

Se es misántropo, pues, por haber amado demasiado al hombre, por haber esperado de ellos demasiado, no habiendo tenido en cuenta la verdadera naturaleza del hombre -al fin y al cabo, no es posible tener en cuenta lo que no se conoce-. La frustración constante de las expectativas, de la esperanza, es el elemento transformador. Pero hay por cierto muy pocos misántropos puros.






III

Yo aún no soy un misántropo. Y ni siquiera sé si seré capaz de serlo. Por el momento soy demasiado débil para ello. Necesito todavía demasiado a los hombres para ser capaz de renunciar a ellos y a su falsa estimaY no olvidemos que necesitar no es amar. Como he dicho, muchos hay que necesitan la compañía del hombre sin amar de él más que eso, no amándolos más que como un obstáculo o un alejamiento de su soledad, o lo que es igual, de sí mismos.

Pocos hay que mientras sienten el impulso de alejarse del prójimo para acercarse a sí mismos conserven intacto el amor que le profesan. Pues es, por cierto, en ese detalle donde reside la confusión, el malentendido que lo echa todo a perder: se tiende naturalmente a relacionar el anhelo de soledad con el de distanciamiento de los demás, cuando la verdadera ansia de aislamiento se corresponde en realidad con un acercamiento: no es un alejamiento del resto lo que se persigue, sino un acercamiento a uno mismo. Identificar el hambre de soledad con el empacho de compañía es un gran error, y quien cae en esa relación es quien no ha sentido la verdadera llamada de la reclusión.
Pierde todo su sentido, si es que en algún momento llegó a tenerlo, la conocida, presuntuosa y despreciativa frase de Lord Byron: "Sólo salgo para renovar la necesidad de estar solo".
En cualquier caso, al menos en el mío, yo diría que paso largo tiempo solo para despertar una honda hambre de compañía, un hambre -y no gula- de compañía realmente apetecida, no una compañía cualquiera para calmar una avidez animal. Comer con un hambre bien nutrida es mucho más placentero que comer por inercia o hábito o por glotonería.

Pocos son los que -aun en silencio- veneran su soledad del mismo modo que a sus semejantes, a los que pueden incluso llegar a despreciar en su presencia. Pocos, lamentable y verdaderamente pocos hay que sigan amando a su semejante al mismo tiempo que no soportan prolongar su compañía.

El que ama su soledad no es el antisocial. Es el más humano, el más noble y bondadoso de los seres. Y es este amor a la soledad, amor no desdeñoso, el estado previo a la misantropía de la que hablamos.

No busquemos en las soledades, en las zonas aisladas, al antisocial. Como digo, el alma antisocial no soporta el aislamiento, aborrece el contacto consigo mismo: es antisocial porque no se soporta, porque no puede convivir consigo mismo sin llegar a las manos. Por lo que a este espíritu de palpitante veneno deberemos buscarlo entre las muchedumbres, dándoles voz y forma. Los encontraremos siempre muy apretados entre sí, proporcionándose un calor helado, helado de afecto, de consideración, de empatía, de vero amor, fingiendo patéticamente la lumbre de su risa para poder así sobrevivir.

He dicho que no hay que confundir al misántropo con el antisocial. El primero, muy a su pesar, guarda todavía un diminuto destello tembloroso de enferma esperanza. Hay en su interior un amor irrenunciable del que querría desprenderse, un ansia irrefrenable de querer odiarlo todo que pone precisamente de manifiesto lo incapaz que es de odiar. El misántropo es, podríamos pensar, un niño caprichoso y malcriado que espera un comportamiento ejemplar de todo el mundo. Pero lo cierto es que, si es tan exigente con cada uno es porque, antes de nada, lo es tanto o generalmente más consigo mismo.

Intratable, quizá, mas de noble corazón. El único remedio que se le ocurre es ese odio que quiere y no puede alcanzar. El amante desengañado tiende a idealizar el odio. Piensa en el odio como en una anestesia, como un silenciador de todos sus tormentos. Cree que odiándolo todo podrá vivir en paz, y cree desear producir odio en los demás porque en el odio ve el desarraigo, y en el desarraigo ve la libertad. "Si consiguiera despertar en el resto rechazo e incluso asco por mi persona -piensa inocentemente-, habría alcanzado la libertad". Librarse de todos los lazos significa vivir libre, sin preocupaciones que no son sino frenos, y el odio es el único ancla que logra fijarse en las profundidades de los serenos mares de la libertad.

Así, ha experimentado -cree- el arrebato del odio, y se ha sorprendido al descubrir que, mientras el odio lo invade a uno, no permite que nada más entre en el cuerpo tomado. El odio es avaro. Es, junto al amor, el único capaz de oprimir entre sus brazos el infinito de que está hecho el alma. Disipa toda amargura producida por el desamor, toda preocupación por la opinión que tendrán los demás sobre uno... Por eso puede pensarse -él lo piensa- que vivir en el odio es en verdad muy cómodo. ¡Si es que en el odio no hay preocupaciones!

Lamento decir, sin embargo, que no es odio lo que siente -un alma hecha para el amor no puede caer tan bajo-, sino tan sólo un desprecio profundo hacia el objeto de su irrenunciable amor: la humanidad entera. ¡Y la desprecia precisamente porque la ama! Le decepciona profundamente su actitud, e, importándole de igual modo que a una madre su hijo o a un amante su queridísima amada, le hiere descubrir en ella comportamientos execrables, gestos maliciosos o desconsiderados con los demás. Cuanto más se ama, más llega a despreciarse al objeto del amor al ver en él algo que no gusta.
Un alma hecha para el amor es exigente, para ella el amor es algo sagrado, y es por ello y por la rareza de su condición, que este tipo de alma está condenada a la amargura. Y cuando hablo de 'rareza', lo hago en el sentido de 'poco común', pues de extraño no tiene nada; las almas extrañas, degeneradas, arrebatadas por la locura, son las de los demás.
El desdichado misántropo está en su derecho de despreciar -jamás de odiar; él nunca odia, no sabe, de eso se ocupa esta- a su estirpe.

Nos vemos llevados a pensar, pues, que si un alma nacida para el amor está irremediablemente condenada a la amargura, es porque la mayoría que le rodea no comparte su visión del mundo ni tiene las mismas intenciones, llegando a la extraña conclusión de que el ser humano no está hecho por lo común para amar.




IV

Así pues, no es extraño que quien sienta con más fuerza el impulso de aislarse sea a la vez quien guarde un amor más hondo y franco, doloroso también por verse forzado a alejarse del objeto de su amor, forzado a despreciarlo.

Me llena de una tristeza desmesurada decir esto, pero no sé si amo tanto a los hombres como para poder alejarme de ellos.

"Me alejo porque amo". En cuatro palabras cabe el resumen de las almas nobles del misántropo y del poeta.


Me alejo porque amo.

Mas no, no soy tan fuerte. Yo no soy un poeta.

Y no sé si quiero.

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