lunes, 31 de agosto de 2015

Gutierre de Cetina

Para ver si sus ojos eran cuales
la fama entre pastores extendía,
en una fuente los miraba un día
Dórida, y dice así, viéndolos tales:

"Ojos, cuya beldad entre mortales
hace inmortal la hermosura mía,
¿cuáles bienes el mundo perdería
que a los males que dais fuesen iguales?

Tenía, antes de os ver, por atrevidos,
por locos temerarios los pastores
que se osaban llamar vuestros vencidos,

mas hora viendo en vos tantos primores,
por más locos los tengo y más perdidos
los que os vieron si no mueren de amores".


Gutierre de Cetina (1520-1557)
Soneto IV

Al poema

Te sacaron, goteando,
de las turbias aguas del tiempo,
y dejarte quisieron,
.sobre las húmedas tierras del azar-
secar bajo los sórdidos
rayos del sol candoroso
de la torpe eternidad,

con la ávida esperanza
de que los nubarrones del olvido
no se posaran, por infausto
azar, frente a la ciega
y cegadora
tez del astro fugitivo.

Oda ligera a la ligereza


Reír es ser maduro.

Llevar grave
y serio el semblante
o los ojos escupiendo
desprecio a otras miradas,
¿a esto llamáis madurez?

¿A esa mirada que es un triste faro
que busca solamente
atraer, con luz oscura,
extraviados navíos
a sus violentas aguas,
a sus rudos peñascos:
a su afilada sombra?

A ese crispado entrecejo
que hiere a mi mirada
con tan negras cuchillas,
¿llamáisle madurez?

A la pueril y divina
ligereza, a la facilidad
en el asombro, a la risa
solar que hace ver
más hondas las cosas
de claras que las muestra,
¿es esto acaso
inmaduro?

Al enfado expreso,
a la desconfianza y al recelo
llamáis madurez.
Los maduros, los demasiado cobardes
para sonreír, para brillar
de alegría, para confiar ciegamente en los otros
como confiamos en los brazos
del sueño cuando a ellos
nos abandonamos;
los demasiado cobardes, decía,
para ver en el otro a un semejante
y para a su vez no castigarlo
con el relato
del castigo que según ellos ha sido
su entera vida; estos son
los que deben, los que necesitan
crecer: madurar
de infancia.

Necesitan las frescas alturas
de la alegría, para poder ver el mundo
desde arriba y admirarlo
como es: y es que
desde las entrañas de la tierra
tan sólo se ve uno a sí mismo,
y la pena
y sus penas
son el mundo,
y el mundo
sólo es una
grande pena.

Mas si sintierais pena verdadera,
sonreiríais. Yo sonrío siempre
que puedo porque laten
pesares en mi fondo, y sé
que sólo mi olvido de ellos
es su cura.
La medicina, el remedio
verdadero es la anestesia.

La eterna y rica cura de la pena
es el pobre y transitorio
olvido de la misma
por parte del que sufre,
por parte del que olvida,
por parte del que olvida
que olvida sus heridas.

¡Por eso reír quiero cuanto pueda!
Mas no puedo, como loco, reír solo:
¡acompañadme!

Yo quiero que mi risa,
maduro y tierno fruto,
sea la semilla
de otra risa y otra risa.
La risa es el mayor descubrimiento
-no puede ser
un invento este milagro-
con que hombre y mujer jamás han dado.

Recuerda siempre:
reír es ser maduro.

sábado, 29 de agosto de 2015

Esbozos sobre mi visión del misántropo

I  (Breve nota sobre Hölderlin a modo de introducción)


Como al de quien escribe estas líneas, al corazón de Hölderlin lo sacude un fuerte choque entre dos elementos que, aunque la tradición lo afirme de forma irreflexiva, no son excluyentes entre sí: por un lado, le atosiga un incurable afán de solitaria intimidad, de aislamiento, de recogimiento, y, por el otro, siente una inclinación igualmente abrupta, un hiriente amor de igual modo insobornable hacia su odiosa estirpe. Ama su soledad tan profundamente como al hombre del que quiere alejarse cuando necesita aislarse. Este es el rasgo esencial de un alma noble y pura: su amor sin medida hacia estas dos interdependientes entidades -o, mejor, las dos caras de una misma y única entidad- que son, como decía, erróneamente vistas como extremos el uno del otro: la soledad y la sociedad.

Mi experiencia -escasa, es cierto- y la figura de Hölderlin, entre otras cosas menores, me han mostrado que los que odian su soledad jamás podrán amar verdaderamente al hombre, sino tan sólo -como ya sucede- su compañía. De modo que sólo aman al hombre en calidad de obstáculo que entorpece su soledad, o lo que es lo mismo, el diálogo, a menudo agotador, con uno mismo.
Es así que la mayoría, mientras que desprecia a sus semejantes, busca sin embargo con fervor su compañía. Y eso es peligroso. Pues se trata del mero magnetismo proveniente de un mal curado instinto, por no decir de un incurable mal tratado instinto. En cualquier caso, no se trata de amor: no se ama al hombre, sino, simplemente, no se soporta estar solo, cosas que no significan lo mismo, sino que llegan, como vemos, incluso a ser opuestos.

Porque el que sabe apreciar su soledad, lo propio sabe hacer con lo/los demás.

Pero, una vez más, el ser más sociable se ve forzado a imponerse a sí mismo el destierro de la soledad para no terminar malherido.



II

Sin caer en la desastrosa confusión entre el misántropo y el antisocial, es así como, no pocas veces, el verdadero misántropo es en realidad un filántropo desengañado. Quien en el pasado amó con demasiado entusiasmo, con demasiada esperanza a su estirpe, es el mismo que, frustrado su amor ciego y desmedido, se revuelve contra los que consideró sus hermanos por no haberlo como tal considerado.

Se es misántropo, pues, por haber amado demasiado al hombre, por haber esperado de ellos demasiado, no habiendo tenido en cuenta la verdadera naturaleza del hombre -al fin y al cabo, no es posible tener en cuenta lo que no se conoce-. La frustración constante de las expectativas, de la esperanza, es el elemento transformador. Pero hay por cierto muy pocos misántropos puros.






III

Yo aún no soy un misántropo. Y ni siquiera sé si seré capaz de serlo. Por el momento soy demasiado débil para ello. Necesito todavía demasiado a los hombres para ser capaz de renunciar a ellos y a su falsa estimaY no olvidemos que necesitar no es amar. Como he dicho, muchos hay que necesitan la compañía del hombre sin amar de él más que eso, no amándolos más que como un obstáculo o un alejamiento de su soledad, o lo que es igual, de sí mismos.

Pocos hay que mientras sienten el impulso de alejarse del prójimo para acercarse a sí mismos conserven intacto el amor que le profesan. Pues es, por cierto, en ese detalle donde reside la confusión, el malentendido que lo echa todo a perder: se tiende naturalmente a relacionar el anhelo de soledad con el de distanciamiento de los demás, cuando la verdadera ansia de aislamiento se corresponde en realidad con un acercamiento: no es un alejamiento del resto lo que se persigue, sino un acercamiento a uno mismo. Identificar el hambre de soledad con el empacho de compañía es un gran error, y quien cae en esa relación es quien no ha sentido la verdadera llamada de la reclusión.
Pierde todo su sentido, si es que en algún momento llegó a tenerlo, la conocida, presuntuosa y despreciativa frase de Lord Byron: "Sólo salgo para renovar la necesidad de estar solo".
En cualquier caso, al menos en el mío, yo diría que paso largo tiempo solo para despertar una honda hambre de compañía, un hambre -y no gula- de compañía realmente apetecida, no una compañía cualquiera para calmar una avidez animal. Comer con un hambre bien nutrida es mucho más placentero que comer por inercia o hábito o por glotonería.

Pocos son los que -aun en silencio- veneran su soledad del mismo modo que a sus semejantes, a los que pueden incluso llegar a despreciar en su presencia. Pocos, lamentable y verdaderamente pocos hay que sigan amando a su semejante al mismo tiempo que no soportan prolongar su compañía.

El que ama su soledad no es el antisocial. Es el más humano, el más noble y bondadoso de los seres. Y es este amor a la soledad, amor no desdeñoso, el estado previo a la misantropía de la que hablamos.

No busquemos en las soledades, en las zonas aisladas, al antisocial. Como digo, el alma antisocial no soporta el aislamiento, aborrece el contacto consigo mismo: es antisocial porque no se soporta, porque no puede convivir consigo mismo sin llegar a las manos. Por lo que a este espíritu de palpitante veneno deberemos buscarlo entre las muchedumbres, dándoles voz y forma. Los encontraremos siempre muy apretados entre sí, proporcionándose un calor helado, helado de afecto, de consideración, de empatía, de vero amor, fingiendo patéticamente la lumbre de su risa para poder así sobrevivir.

He dicho que no hay que confundir al misántropo con el antisocial. El primero, muy a su pesar, guarda todavía un diminuto destello tembloroso de enferma esperanza. Hay en su interior un amor irrenunciable del que querría desprenderse, un ansia irrefrenable de querer odiarlo todo que pone precisamente de manifiesto lo incapaz que es de odiar. El misántropo es, podríamos pensar, un niño caprichoso y malcriado que espera un comportamiento ejemplar de todo el mundo. Pero lo cierto es que, si es tan exigente con cada uno es porque, antes de nada, lo es tanto o generalmente más consigo mismo.

Intratable, quizá, mas de noble corazón. El único remedio que se le ocurre es ese odio que quiere y no puede alcanzar. El amante desengañado tiende a idealizar el odio. Piensa en el odio como en una anestesia, como un silenciador de todos sus tormentos. Cree que odiándolo todo podrá vivir en paz, y cree desear producir odio en los demás porque en el odio ve el desarraigo, y en el desarraigo ve la libertad. "Si consiguiera despertar en el resto rechazo e incluso asco por mi persona -piensa inocentemente-, habría alcanzado la libertad". Librarse de todos los lazos significa vivir libre, sin preocupaciones que no son sino frenos, y el odio es el único ancla que logra fijarse en las profundidades de los serenos mares de la libertad.

Así, ha experimentado -cree- el arrebato del odio, y se ha sorprendido al descubrir que, mientras el odio lo invade a uno, no permite que nada más entre en el cuerpo tomado. El odio es avaro. Es, junto al amor, el único capaz de oprimir entre sus brazos el infinito de que está hecho el alma. Disipa toda amargura producida por el desamor, toda preocupación por la opinión que tendrán los demás sobre uno... Por eso puede pensarse -él lo piensa- que vivir en el odio es en verdad muy cómodo. ¡Si es que en el odio no hay preocupaciones!

Lamento decir, sin embargo, que no es odio lo que siente -un alma hecha para el amor no puede caer tan bajo-, sino tan sólo un desprecio profundo hacia el objeto de su irrenunciable amor: la humanidad entera. ¡Y la desprecia precisamente porque la ama! Le decepciona profundamente su actitud, e, importándole de igual modo que a una madre su hijo o a un amante su queridísima amada, le hiere descubrir en ella comportamientos execrables, gestos maliciosos o desconsiderados con los demás. Cuanto más se ama, más llega a despreciarse al objeto del amor al ver en él algo que no gusta.
Un alma hecha para el amor es exigente, para ella el amor es algo sagrado, y es por ello y por la rareza de su condición, que este tipo de alma está condenada a la amargura. Y cuando hablo de 'rareza', lo hago en el sentido de 'poco común', pues de extraño no tiene nada; las almas extrañas, degeneradas, arrebatadas por la locura, son las de los demás.
El desdichado misántropo está en su derecho de despreciar -jamás de odiar; él nunca odia, no sabe, de eso se ocupa esta- a su estirpe.

Nos vemos llevados a pensar, pues, que si un alma nacida para el amor está irremediablemente condenada a la amargura, es porque la mayoría que le rodea no comparte su visión del mundo ni tiene las mismas intenciones, llegando a la extraña conclusión de que el ser humano no está hecho por lo común para amar.




IV

Así pues, no es extraño que quien sienta con más fuerza el impulso de aislarse sea a la vez quien guarde un amor más hondo y franco, doloroso también por verse forzado a alejarse del objeto de su amor, forzado a despreciarlo.

Me llena de una tristeza desmesurada decir esto, pero no sé si amo tanto a los hombres como para poder alejarme de ellos.

"Me alejo porque amo". En cuatro palabras cabe el resumen de las almas nobles del misántropo y del poeta.


Me alejo porque amo.

Mas no, no soy tan fuerte. Yo no soy un poeta.

Y no sé si quiero.

martes, 18 de agosto de 2015

Carles Riba

Que furioses
sento córrer les aigües
del nostre amor, oh!
quan vinc a tu pel frèvol
pontet d'una carícia!

Carles Riba, Tannka VIII de 'Del joc i del foc' (1936-1946)

La verdadera belleza

La verdadera belleza consiste en la inconsciencia de las propias virtudes

domingo, 16 de agosto de 2015

Esbozos sobre mi visión del poeta

¡Un mundo lleno de poetas! Esa es mi meta inalcanzable.

Un poeta... ¿Qué es un poeta? Puede creerse que un poeta no es más que un trémulo erudito que se dedica a la inofensiva y a menudo irrisoria tarea de escribir versos. Pero no, eso no es un poeta.

Porque el poeta no necesariamente ha de ser poeta, puede también ser, simplemente, poema; y es por ello que hay poetas que no han escrito en su vida un solo verso. Del mismo modo que hay muchos constructores de versos que jamás han sido poetas y que tanto más se alejan de serlo cuanto más publican.

De manera que ser poeta no es un oficio, sino una actitud, una orientación, una postura, tan incómoda como irrenunciable, ante la vida, una particular visión del mundo. Al tiempo que no podemos definir qué es un poeta, lo identificaríamos al primer contacto que con él mantuviéramos. No puede definirse, pero es imposible no reconocerlo en el caso de que apareciese.

Un poeta es el que sabe ver las cosas que vemos (“no es suficiente no ser ciego / para ver los árboles y las flores”, escribió Pessoa; y Salinas: "Quisiera más que nada, más que sueño, ver lo que veo").
Un poeta es quien ve el detalle del detalle; el que crea incluso formas de crear. Es el que aporta nuevas formas de ver el mundo. Nos muestra lo que siempre ha estado ahí y que, de tan claro, no hemos sido capaces de ver. Nos recuerda lo fundamental.
La costumbre torna invisibles las cosas, y el poeta se encarga de no dejar ni un instante de mirar al mundo con mirada siempre entusiasta, renovada, fresca, o, en una palabra, infantil, o, mejor todavía, animal, despojando del hábito a sus ojos y a su imaginación, mirándolo así todo como si lo contemplara por primera vez. Es por ello el poeta un niño. Por ello y porque busca cualquier pretexto para reír. No hay risa más franca, más limpia.

El poeta ama la vida en la misma medida en que la sufre: extremadamente. El poeta está hecho de extremos. A costa de permitírsele volar a unas alturas para los demás inalcanzables, la angustia de la caída es más larga y el impacto mucho más terrible. Sus goces son más intensos y más afilados sus sufrimientos. Y, aunque es cierto que siente el dolor como nadie, a la vez no lo teme ni lo evita: no busca acallar la pasión, busca tentarla. Busca encenderla, aunque eso signifique calcinarse con ella. Prefiere consumirse que vivir tiritando. Entiende que el dolor es tan o más necesario que el placer, que la supresión del primero supondría por ello la del segundo, que el gozo es la otra cara del dolor. Es capaz de reír abierta y honestamente aun en medio de la amargura más opresiva y anhelante ("y me asombraba de cuán feliz me encontraba también en medio del dolor", llegó a escribir el inmenso Hölderlin).
Pero ello no significa que sea más desgraciado que nadie. Sufre mucho, y si lo dice, lo dice con claridad, sin presunción y sin ánimo de levantar compasión. Sufre, sí. Pero no porque le ocurran muchas desgracias, sino simplemente porque es, como se ha dicho, peligrosamente sensible. No es un desgraciado, su vida puede ser feliz, cómoda, recibir amor de los suyos y, aun siendo consciente de todo ello, sufrir a pesar de todo. Sufre porque su condición es la que es, su temperamento es el que es. Sufre, sufre mucho, pero no se considera un desgraciado ni un infeliz. Sólo sufre. Y que sufra mucho no significa que no sepa sonreír ni reírse. Es precisamente eso lo que mejor sabe hacer el que sufre: reír, divertirse. Se pasaría el día riendo y bromeando. No hay nada que le complazca más que eso. Que sea capaz de desear callada y sosegadamente la muerte mientras ríe, ¿le vuelve un loco? Por supuesto que no.


El poeta es, ante todo, un amante. Un amante de la vida y de todo cuanto existe; un amante del amor. El poeta ama amar y que se ame. El poeta es aquel que -como ya se ha expresado más de una vez- hace de su propia vida un poema. "He's a poet, sure a lover too...", escribió tiernamente Keats.
Al ser una naturaleza bendecida con la maldición de la sensibilidad, resulta demasiado débil para el amor. Su sensibilidad no es capaz de soportar sus sacudidas. Pero aun así se arroja, movido más por irreflexiva temeridad que por magnánimo valor, a sus ardientes aguas si se le presenta la ocasión.
Es demasiado débil, decía, para el amor, pues cada vez que ama parece que vaya a perder la vida en el intento. Ama demasiado y, a menudo, demasiado pronto. No sabe cómo amar, y al mismo tiempo no sabe hacer otra cosa.

Es demasiado débil para rechazar el amor cuando este deja entrever su tímido palpitar, demasiado débil para renunciar a él, demasiado débil para resistirse a agarrarlo y apretarlo con fuerza contra su pecho..., mas demasiado débil también para sufrir las consecuencias de su elección, para sostener esa carga emocional demasiado pesada para las frágiles manos de su corazón...
Siempre que elige amar, elige morir. Y es que su sensibilidad no sirve para amar. O tal vez no sirva más que para eso...

Ha visto que en los suspiros del amor se sufren los temblores de la muerte: de la vida.


Por otro lado, que un poeta escriba es algo que se sobreviene. En un poeta, la creación es algo accidental, no constitutivo. Es una consecuencia posible del carácter poético, más que un distintivo -y serán justamente los versos nacidos de esta naturaleza los más genuinos, sinceros y potentes que puedan ser escritos-.

Porque un poeta no es más que eso: un carácter, un carácter magnánimo y prodigioso, cuya nobleza de espíritu es tan profunda como poco usual, por lo que sus virtudes, más que beneficios, le traerán casi siempre tormentos.

Tuve un amigo que fue poeta sin jamás haber manchado sus manos de tinta, uno de los más sublimes poetas que haya habido sobre la tierra aun si le hubiesen sustraído ambas manos y le hubiera sido arrebatado el habla. Yo en vano intento ponerme a su altura escribiendo, pero veo cada vez más claro que cuanto más escribo más me alejo de él...


Boccaccio, en el proemio de su Decamerón, escribe lo siguiente: "Porque desde mi primera juventud hasta este tiempo habiendo estado sobremanera inflamado por altísimo y noble amor (....), no menos me fue grandísima fatiga sufrirlo: ciertamente no por crueldad de la mujer amada sino por el excesivo fuego concebido en la mente por el poco dominado apetito, el cual porque con ningún razonable límite me dejaba estar contento, me hacía muchas veces sentir más dolor del que había necesidad". Este es el temperamento propio de un poeta explicado por un probable poeta.


¡Un mundo lleno de poetas! Esa es mi meta inalcanzable...